A las 6:50 he saltado de la cama, y intentando hacer el mínimo ruído posible, me he enfundado los pantalones, he puesto la cafetera en el fuego, me he lavado los dientes, me he abrigado con capas de jerseys entre sorbo y sorbo de café, me he puesto las botas mientras subía una foto a instagram, el gorro hasta las orejas y la cámara en el cuello, y he salido de casa susurrándole a mi chico un "ara torno".
Y al salir, la noche, el frío y la experiencia de andar por las calles de mi pueblo desiertas y silenciosas.
Buscaba el amanecer entre las calles que me recuerdan a mi infancia. Mi ilusión era ver los primeros rayos de sol en las piedras del monasterio que tenemos en el centro del casco antiguo. Pero una vez allí, plantada entre sus jardines, disfrutando de la oscuridad y la soledad, he empezado a sospechar que aquello no iba a ser lo que yo imaginaba... me he dado cuenta de que cuando el sol consiguiese atravesar los bloques de pisos quizás ya estaría demasiado alto... y me he empezado a agobiar pensando que ésto me pasaba por no prepararme un poco las cosas... y mis pasos se han puesto en marcha hacia donde intuía que el horizonte era más brillante, dispuesta a salir del pueblo si hacía falta.
El momento mágico de la mañana ha sido cuando, al pasar junto al portal de mi padre me ha sonado el móvil, y era Cande, su mujer, que, sabiendo de mi hazaña, me preguntaba si andaba demasiado lejos para unirse a la aventura. Tan solo unos minutos después aparecía, bien abrigada y con su mini canon magullada. Y nos hemos puesto a andar, hablando del amanecer, de fotos, de viejas cámaras... y hemos abandonado las calles del pueblo y nos hemos adentrado por los campos de la zona de Torre Negra.
Los campos estaban tremendamente blancos. Podíamos oir las campanas del monasterio a lo lejos y ver como la luz iba acariciando todo nuestro entorno menos la zona dónde nos encontrábamos nosotras.
Y el frío era intenso. Y parecía que el sol nos estaba vacilando. Y hemos empezado a bromear con la idea de que quizás no conseguiríamos ninguna foto del amanecer, pero que estábamos consiguiendo un buen puñado de fotos navideñas.
Nos hemos quedado paradas en un campo recién labrado. Estábamos heladas, pero el astro remolón finalmente iba a asomarse por el Collserola. Era cuestión de minutos. Nosotras estábamos allí, solo teníamos que esperar.
Y después todo ha cambiado. El momento ha sido corto. La charla ha cesado.
He saltado de la cama pensando en una foto urbana y de repente estaba tumbada en un campo, con los pies helados y las rodillas llenas de barro, fotografiando hierbajos y sintiéndome feliz.
He vuelto a casa con una paquetito de ensaimadas en una mano y el móvil en la otra, siguiendo en la red los
despertares de los otros, y pensando "ese
Alvaro Sanz es la repera... convencer a tropocientas personas de que madrugar un domingo es el mejor plan, no lo consigue cualquiera!" Qué tío, oye.