

Tiempo atrás hice unas pruebas para unos billeteros. Las pruebas quedaron escondidas en un cajón junto a otras ideas que por H o por B acaban sin ver la luz. Creo que en el fondo se trata de eso, crear mucho "material" y luego ir seleccionando las ideas.... pero bueno, ésto pertenecería a otro post....
Haciendo limpieza del taller, di de nuevo con esos monederos, y me llevé un par de ellos a casa, porqué me pareció que nos podían dar "juego". Y no me equivoqué.




Primero estuvimos un buen rato entretenidos preparando billetes y monedas para rellenarlos. Para Rita fué muy estimulante, ya que ya conoce un montón de números. Y Ramon, al que todo lo que es escritura le queda lejano, se divirtió intentando imitar los números siguiendo las indicaciones de su hermana "...ahora uno recto, ahora una montaña, ahora media luna..."






Cuando ya habíamos rellenado los monederos, se nos ocurrió que podríamos organizar un pequeño colmado donde vender hojas de laurel, galletas, pinceles... Y así fué como llegamos de forma espontanea al momento (crucial) de poner precio a las cosas y decidir qué tenía más valor, una hoja de laurel o una polly pocket, o por qué si una nuez valía 1 las galletas tenían que valer 3, o si al tener solo un tronco pintado a mano (lo llamábamos escultura) teníamos que darle más valor... No me diréis que ésto no es una lección de márqueting temprana! La verdad es que sus razonamientos eran de lo más geniales, por puros y por ocurrentes.

Como Rita y yo nos entretuvimos mucho en poner la tienda bonita (con su orden y sus cartelitos), Ramon, que lo primero que hizo fue pillar una cesta para hacer la compra, decidió que pasaba de organizar el negocio, y aburrido, nos dijo que él se ponía a hacer cola para cuando subiésemos la persiana.



Y empezó el intercambio!
De verdad que no pensé que el juego daría tanto de sí. Primero compraron compulsívamente, así que se quedaron en banca rota. Con lo que en la segunda ronda de compras, me dí cuenta de que eran muuuuucho más medidos :) El momentazo de mamábabeando, fué ver como se las ingeniaba Rita para sumar sin conocer el concepto en sí! Sí, con los dedos, pero de forma lenta y un tanto extravagante.
Nada, que será que se mezclan la madre y la canguro que llevo dentro. Y que qué gustazo cuando de forma improvisada la anécdota se convierte en juego... y que qué suerte la mía la de poder observarlo y participar de ello! Y encima percibir el eco de que, cuando éramos pequeños, las horas funcionaban así.