28.8.09





...mi desorden, mi cabeza, mis gorros... nuestra casa.




5.8.09




Os conté que (inspirada por Miss Rosenthal) me llevaba de vacaciones a Peter. Peter Pan. Pues bien, cuando Barrie habla del País de Nunca Jamás dice...







No sé si habéis visto alguna vez el mapa de la mente de una persona. A veces, los médicos trazan mapas de otras partes de vuestro cuerpo, y vuestro propio mapa puede resultar enormente interesante; pero ¿a que no los pilláis dibujando la mente de un niño? Porque esa mente no sólo es confusa, sino que no para de dar vueltas todo el tiempo. Veréis un montón de líneas en zigzag [...] probablemente sean los caminos que surcan vuestra isla, porque el País de Nunca Jamás siempre es, más o menos, una isla con maravillosas manchas de color aquí y allá, con arrefices de coral y con veloces embarcaciones en alta mar, con grutas salvajes y solitarias, con gnomos que en su mayoría son sastres, con cavernas por las que corre un río, con jóvenes príncipes, con una cabaña que se derrumba rápidamente y una viejecita muy pequeña de nariz ganchuda. Sería un mapa muy fácil de dibujar si eso fuera todo, pero también está el primer día de escuela, los padres [...], el día del pastel de chocolate, los verbos, los asesinatos, ponerse tirantes, decir treinta y tres, los seis peniques por arrancarte un diente tú solo y demás; y todo esto forma parte de la isla [...]

Por supuesto, los Países de Nunca Jamás son distintos unos de otros. En el de John, por ejemplo, había una laguna con flamencos rosa a los que John disparaba, mientras que Michael, más pequeño, tenía un flamenco con lagunas volando por encima. John vivía en el casco de una barca volcada sobre la arena, Michael en una tienda de indios, y Wendy en una casa de hojas cosidas con gran habilidad. John no tenía amigos, Michael los tenía por la noche, y Wendy se ocupaba de un lobezno abandonado; pero en general, los Países de Nunca Jamás tienen cierto aire de familia, y, si pudieseis ponerlos en fila uno tras otro y se estuviesen quietos, podríais decir que tenían las mismas narices y demás cosas. A estas mágicas costas los niños siempre llegan con barquichuelas que han encallado. También nosotros hemos estado allí; todavía tenemos en los oídos el rumor del oleaje, aunque nunca volveremos a desembarcar en ellos.







...y me quedé absorta pensando... intentando recordar como funcionaba mi mente de niña. Y me di cuenta de que había elementos que estaban mucho más frescos de lo que creía. Intentando recomponer mi País de Nunca Jamás...






Creo que en mi País de Nunca Jamás había cosas muuuuuuuuy de chica. Pues seguro que en todos los armarios de sus habitantes había vestidos de comunión. Blancos. En mi País de Nunca Jamás encontrabas zapatos de tacón en cada esquina (la mayoría con lunares!). No había muchos duendes... el más conocido se llamaba Mill, era invisible a los adultos y me seguía a todos lados... pero sí había muchas hadas. Eran hadas medio blancas, medio transparentes, y tenían sus casitas en las raíces de los arboles.

En mi País de Nunca Jamás no había piratas (...o yo no los recuerdo...) pero sus montañas y sus acantilados escondían los más valientes y atractivos bandoleros. Nos bañabamos en el río. Y nunca necesité idear un cabaña, pues llevaba siempre conmigo un paraguas que, al abrirlo y apoyarlo sobre el suelo, se convertía en mi más segura guarida.

Había lobos que andaban a dos patas y vestían camiseta y pantalones. De vez en cuando también había alguna madrastra buscando a quién reñir. Y yo, tenía cuantas baritas mágicas, espadas y flautas necesitara.




En mi País de nunca Jamás había búhos... sí. Y no me parece que había demasiados príncipes, pero sí que estaba Superman. Que venía para decirme con palabras dulces lo bella que estaba con mi miriñaque.

Comía fresas con nata cada día. Y en el bosque encontrabas unas plantas grandes que, detrás de sus hojas, ocultaban nubes (viva el petroleo!). Y tenía una receta infalible para hacer trampas para ladrones: Fairy + harina + agua + arena.

Siempre, a lo lejos, si te fijabas bien, podías ver un circo... con sus caravanas, su carpa roja y blanca y sus luceitas de colores...

Creo que en mi País de Nunca Jamás también tenía un caballo, con el que iba de vez en cuando a visitar a mis amigos los vaqueros (...de entrada, siempre fuí más de vaqueros...)

Había bosques, pero sobretodo, había grandes prados por los que brincar al estilo Heidi! Y, por mucho que te alejaras, siempre había una casita a la que volver... con porticones de madera, cortinas rojas, una chimenea humeante, un pequeño estanque con patos y ropa tendida en la parte de atrás...



...estos són algunos de los detalles que recuerdo de mi País de Nunca Jamás... y si sigo pensando sé que se me olvidarán algunos y me acordaré de otros... pero Barrie dice que esto es normal, pues los Países de Nunca Jamás resultan en cierto modo confusos, especialmente porque todo está en movimeiento.

¿Os apetece contarme algún detalle de vuestro País de Nunca Jamás? ...eso sí, si su recuerdo se está quieto un instante...